Adiós al Gran Torino
Dicen quienes les vieron jugar que ha sido uno de los mejores equipos de fútbol de todos los tiempos. Pura magia; una máquina de ganar y golear en la década de los 40. Pero un accidente de avión acabó de golpe, en 1949, con Il Grande Torino. Aquí recordamos la historia y el trágico final de un equipo de leyenda que maravilló al planeta fútbol.
El partido amistoso se jugaba en homenaje a José Xico Ferreira, el eterno capitán del Benfica, quien había decidió colgar las botas. El rival elegido fue el Torino, considerado por aquel entonces el equipo más poderoso del mundo, una escuadra repleta de talento que no se hartaba de ganar títulos y coleccionar récords. Era el equipo maravilla; Il Grande Torino, como ya se le conocía. De vuelta de aquel encuentro en Lisboa, la tarde del 4 de mayo de 1949, el avión Fiat G212 CP que transportaba a los italianos se empotraba contra un muro de la parte posterior de la Basílica de Superga, en las inmediaciones de Turín.
Las crónicas de la época relatan que una gran tormenta azotaba la ciudad en el momento en que el avión iniciaba el descenso previo al aterrizaje; las nubes bajas, la escasa visibilidad y un error de navegación terminaron por conformar el escenario de la tragedia. El brutal impacto se cobró 31 víctimas mortales; 18 de ellas jugadores del equipo turinés, la plantilla prácticamente al completo. Además, encontraron la muerte en aquel avión cuatro directivos y entrenadores del club, tres de los mejores periodistas deportivos de la época, y la tripulación del avión al completo. No hubo supervivientes.
Guerra Fría sobre el tablero
En el verano de 1972, sobre un tablero de 64 casillas, el norteamericano Bobby Fisher y el soviético Boris Spassky protagonizaron la batalla más peculiar de la Guerra Fría. El conocido como match del siglo fue uno de los enfrentamientos más emocionantes de la historia del ajedrez, lleno de tensión, nervios, amenazas y sorprendentes golpes de efectos. Una guerra psicológica en toda regla que trasladó a este deporte la extrema rivalidad que se vivía entre las dos grandes potencias mundiales.
A principios de los años 70 el mundo seguía dividido en dos grandes bandos (el occidental-capitalista y el oriental-comunista), liderados por sendos países que enfrentaban sus sistemas políticos, ideológicos, económicos, militares y sociales en busca de la hegemonía mundial. Y aunque las tensiones entre ambas superpotencias parecían algo más calmadas, la llamada Guerra Fría seguía plenamente vigente.
Toda la rivalidad de más de dos décadas entre Estados Unidos y la Unión Soviética se plasmaría en el verano de 1972 sobre un tablero de ajedrez, con el Mundial de este deporte en juego. La final enfrentaba a dos personalidades tan dispares como dispares eran las políticas e ideologías de sus países. Boris Spassky contra Bobby Fisher; el hombre tranquilo, educado y bohemio contra el genio indómito, caprichoso y lleno de excentricidades. Aquel enfrentamiento acapararía la atención de todo el mundo, y llevaría al ajedrez a una dimensión nunca antes conocida
Honor, maratón y muerte
Una mañana más, como una rutina, bajaron a desayunar al comedor del centro de entrenamiento. De entre el grupo de atletas japoneses -concentrados para preparar los Juegos Olímpicos que nueve meses más tarde se disputarían en México D.F.-, alguien echó en falta a uno de sus compañeros, el maratoniano Kokichi Tsuburaya. Extrañados por el retraso fueron a buscarle a su habitación. Lo que encontraron al abrir la puerta lo recordarían el resto de sus vidas: sangre y muerte… y una nota manuscrita: “No puedo correr más”. Era un héroe nacional y representaba como nadie los valores de honor, orgullo y dignidad tan importantes para el pueblo japonés. Valores que le conducirían a un dramático final.
Japón se encontraba todavía cicatrizando las profundas heridas que había dejado la II Guerra Mundial cuando el Comité Olímpico Internacional designó a Tokio como sede de los Juegos Olímpicos de 1964. Desde aquel momento, los mejores deportistas japoneses empezaron a prepararse a conciencia para honrar a su país en los Juegos “de casa”. También nuestro protagonista, Kokichi Tsubaraya, nacido el 13 de mayo de 1940 en Sukagawa, en la región de Fukushima, miembro de la Fuerza Militar de Autodefensa, y consagrado ya por aquel entonces –pese a su juventud- como uno de los mejores fondistas del país del sol naciente.
Para Japón, aquel evento era mucho más que un desafío deportivo; era una oportunidad ideal para demostrar al mundo entero que podían organizar los mejores Juegos de la historia, y además, que sus deportistas serían capaces de competir de tú a tú con los mejores del planeta. Era, más que un objetivo, una cuestión de honor y de dignidad, valores sobre los que se ha cimentado, una y mil veces, la fortaleza del pueblo japonés.
Ringo Bonavena: sin miedo a nada
Excéntrico, sincero, bromista, fanfarrón, carismático, un tanto infantil… Marcó una época en el mundo del boxeo con un estilo acorde a su personalidad: valiente, rotundo, sin dar nunca un paso atrás. Tenía ansia de gloria y eso le llevó a enfrentarse en 1970, con el título mundial en juego, al más grande entre los grandes, Muhammad Ali, en un combate ya histórico. Cinco años después, moría acribillado por el sicario de un mafioso en las inmediaciones de un prostíbulo en Reno (Nevada). Esta es la historia de la ascensión y caída de Oscar RingoBonavena, el hombre que no conocía la palabra miedo.
La pelea se presentaba desigual. David contra Goliat; el púgil más grande de la historia contra el entusiasta aspirante; Cassius Clay -conocido como Muhammad Ali tras su conversión al islamismo- contra Oscar Ringo Bonavena. Aquella noche del 7 de diciembre de 1970, el gélido ambiente exterior contrastaba con el calor que se vivía dentro del Madison Square Garden de Nueva York, el más majestuoso escenario que se podía imaginar para un combate que ponía en juego el título mundial de los pesos pesados. El argentino, fiel a su estilo, no dudó en provocar a su rival los días previos, retándole de manera descarada (“I Kill you!”), y llamándole gallina por no ir a la guerra (“Chicken, chicken, Vietnam”, le decía, pendenciero).
Con las apuestas 10 a 1 en su contra, Bonavena, todo pundonor, llegó a tumbar a Alí y soportó estoicamente 14 rounds en pie antes de ceder en el decimoquinto tras “una muestra de coraje pocas veces vista”, como admitiría, casi sin aliento, el más grande boxeador de todos los tiempos. Ringo le llevó al límite. Todavía se habla de aquel combate en el mundo del boxeo, un combate que paralizó el país argentino. Fue el momento cumbre de la carrera de nuestro protagonista, quien sin llegar a ser nunca campeón del mundo (le tocó enfrentarse a algunos de los más grandes de la historia en los pesos pesados: Muhammad Ali, Joe Frazier, Floyd Patterson, Jimmy Ellis…) dejó una profunda huella por su coraje, su peculiar personalidad, sus ocurrencias y excentricidades.




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